1. B
2. A
3. C
4. C
TEXTO 2
1.A
2. B
3. C
4. D
5.E
TEXTO 1
Buscaron el camino más cómodo de descenso y, una vez
allí, comenzaron a recoger leña. Los chicos más pequeños lograron alcanzar la
cima y se deslizaron también hacia aquel lugar; pronto todos excepto Piggy
estaban ocupados en algo. La mayor parte de la madera estaba tan podrida que
cuando tiraban de ella se deshacía en una lluvia de astillas, gusanos y
residuos; pero lograron sacar algunos troncos en una sola pieza. Los mellizos,
Sam y Eric, fueron los primeros en conseguir un buen leño, pero no pudieron hacer nada con él hasta que Ralph, Jack,
Simón, Roger y Maurice se abrieron sitio para echar una mano. Subieron
aquella cosa grotesca y muerta monte arriba y la dejaron caer
en la cima. Cada grupo de chicos añadía su parte,
grande o pequeña, y la pila crecía. Al
regresar, Ralph se encontró con Jack, queriendo hacerse
con un tronco; ambos se sonrieron y compartieron aquella carga.
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TEXTO 2
Jack no le hizo caso; alzó su
lanza y empezó a gritar.
—Escuchadme todos. Yo y mis
cazadores estamos viviendo en la playa, junto a la roca cuadrada. Cazamos,
nos hinchamos a comer y nos divertimos. Si queréis uniros a mi tribu, venid a
vernos. A lo mejor dejo que os quedéis. O a lo mejor no.
Se calló y miró en torno
suyo. Tras la careta de pintura, se sentía libre de vergüenza o timidez y podía mirarles a
todos de uno en uno. Ralph estaba arrodillado junto a los restos de la hoguera como un
corredor en posición de salida, con la cara medio tapada por el pelo y el hollín.
Samyeric se asomaban como un solo ser tras una palmera al borde del bosque. Uno de los
peques, con la cara encarnada y contraída, lloraba a gritos junto a la poza; sobre la
plataforma, aferrada en sus manos la caracola, se hallaba Piggy.
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TEXTO 3
“Pasemos a otro testigo. Mistress Hubbard nos había
dicho que, tendida en la cama, no
podía ver si la puerta de comunicación tenía o no
echado el cerrojo, y por eso rogó a miss
Ohlsson que lo mirase. Ahora
bien, aunque su afirmación hubiese sido perfectamente cierta de haber ocupado
uno de los compartimientos número dos, cuatro, doce o algún número par... donde
el cerrojo está directamente colocado bajo el tirador de la puerta..., en los
números impares, tales como el
compartimiento número tres, el cerrojo está muy por encima del tirador y, por
lo tanto, no podía haber sido tapado por la esponjera”.
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TEXTO 4
-Bien -continuó-; ya lo sabe usted todo, monsieur
Poirot. ¿Qué va usted a hacer ahora?
¿No podría usted conseguir que toda la culpa recaiga
sobre mí? Habría apuñalado
voluntariamente doce veces a aquel canalla (Ratchett). No sólo era
responsable de la muerte de mi hija y de mi nietecita, sino también de otra
criatura que podía vivir feliz ahora. Y no solamente eso. Murieron otros
niños antes que Daisy... podían morir muchos más en el futuro. La sociedad le
había condenado; nosotros no hicimos más que ejecutar la sentencia. Pero es
innecesario mencionar a mis compañeros. Son personas buenas y fieles...
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TEXTO 1 (Fragmento. El Señor de las Moscas, W. Wolding).
La
costa apareció vestida de palmeras. Se sostenían frente a la luz del
sol o se inclinaban o descansaban contra ella, y sus verdes plumas se alzaban
más de treinta metros en el aire. Bajo ellas el terreno formaba un ribazo mal
cubierto de hierba, desgarrado por las raíces de los árboles caídos y
regado de cocos podridos y retoños del palmar. Detrás quedaban la oscuridad
de la selva y el espacio abierto del desgarrón.
Ralph se paró, apoyada la mano en un tronco gris, con
la mirada fija en el agua trémula. Allá, quizá a poco más de un
kilómetro, la blanca espuma saltaba sobre un arrecife de coral, y aún más allá, el mar abierto era
de un azul oscuro. Limitada por aquel arco irregular de coral, la laguna yacía
tan tranquila como un lago de montaña, con infinitos matices del azul y
sombríos verdes y morados.
(Ribazo: porción de tierra con una
elevación y un declive pronunciado).
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TEXTO 2 (Fragmento. Asesinato en el Orient Express, A. Christie)
Con
más vigor que galantería, monsieur Bouc depositó a la desmayada
apoyándole la cabeza sobre una mesa. El doctor Constantine llamó a uno de los
camareros del restaurante, quien se apresuró a acudir.
-Sosténgale la cabeza así -dijo-. Si vuelve en sí, déle
un poco de coñac. ¿Comprende?
Luego se apresuró a correr tras los otros dos. Su
interés se concentraba por completo en
el crimen y le tenían sin cuidado los desmayos de las
señoras histéricas.
Es posible que mistress Hubbard reviviese con aquel
procedimiento más pronto que si
se le hubiesen prodigado mayores cuidados. Lo cierto es
que a los pocos minutos estaba
sentada, paladeando el coñac de un vaso sostenido
por el camarero, y sin cesar de hablar.
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